Ven y encuéntrame...

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Así dice una canción de Josh Ritter que suena ahora, y que sonaba aquellos días en el coche, cuando íbamos en busca de olas en nuestro pequeño pedazo del Mediterráneo… Qué recuerdos.

Antes no mirábamos los partes en internet. Aquí nos guiábamos por el movimiento de las banderas y las copas de los árboles, por el color del atardecer, por las maravillosas flechas de tres barras de viento en el mapa del tiempo de la 2, y como mucho por la página 307 del teletexto…

Durante aquellos días de frentes invernales de poniente que barren la Península, nos dormíamos con el viento golpeando las persianas, y despertábamos de madrugada, aún de noche, presintiendo el mar de fondo con el aire en calma... Nos asomábamos al puerto de Cartagena desde donde distinguíamos las grandes ondulaciones en la oscuridad, y salíamos gritando de alegría en dirección a la playa, a nuestra playa del Sur… Curvas y más curvas entre montañas, hasta que después de una de ellas, desde lo alto, por fin se podía ver el mar, y observábamos la espuma estallando en las rocas, gritando aún más y más… Y por fin llegábamos a aquél rincón de todos nosotros, locos que entrábamos al agua casi a oscuras, entumecidos por el frío, pero felices de poder aprovechar solos ese regalo líquido, que tan rápido se podía esfumar… Y así mañana y tarde, hasta llegar a casa, de nuevo de noche, con la sal incrustada en la cara, dibujando una cansada sonrisa.

Otros días de otoño el viaje era a la costa Este, donde rompían las olas generadas por las fuertes borrascas en Baleares, empujando ondulaciones desde el Norte, como un enorme manto de pana de color azul intenso, deshaciéndose en espumas blancas con un fuerte viento offshore, intentando alcanzar la blanca arena seca de la larguísima playa adornada de altos edificios, con sus sombras fantasmas en las tardes de invierno…

Aquellos tantos días que pasaba en el agua, a veces con amigos, muchas otras sólo, fumándome las clases, me acordaba a menudo de los compañeros, qué estarían haciendo en ese momento, probablemente jugar a las cartas y beber cerveza en la cantina de la universidad, y me repetía a mí mismo que no tenían ni idea de lo que se estaban perdiendo, y pensaba que quería dejarme encontrar por alguien que pudiera valorar todo aquello…

En primavera y verano se sucedían –y se suceden– los días de vientos de Levante, esos que permanecen en el Mar de Alborán y que encallan barcos en el Estrecho. Ahora el cielo se vuelve gris plomizo, las palmeras parecen enloquecer, y los caminos se llenan de barro. Las playas y pequeños rincones escondidos orientados al Sureste reciben protegidos el mar de viento. Hoy son esas las olas. Vuelvo a escuchar esta canción en el coche, y pienso de nuevo en aquellos recuerdos, cuando iba con mi primo y descubríamos nuevas rompientes; pienso en aquellos de antes que ya no frecuentan el agua, y en la alegría que me da cuando vuelvo a verlos. Sin duda el surf une; con el surf he hecho buenos amigos. En esto tengo la mente mientras camino con la tabla bajo el brazo, entre los matorrales, por aquél sendero escondido que tanto andamos. Quiero llegar hasta esa cala y flotar en aquél mar recogido, desde donde no puede verse ningún edificio, ninguna grúa, sólo estas montañas teñidas de verde, bajo este cielo húmedo… Donde no puede escucharse ningún coche, sólo el rumor del mar jugando a lanzar sus olas a lo largo de las rocas, sin que nadie le vea… Así que ya sabes donde estoy… Si quieres, ven y encuéntrame…


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